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tituciones de París y New York alumnos tan notables como Ana Caignet, Francisco Huerta, Elsa Castillo y Rusela Martínez Villena.
   Como compositor, Pérez Sentenat ha hecho una obra de gran selección espiritual, en lo que, probablemente -aparte de sus méritos como músico- le ha ayudado el no cultivar profesionalmente la composición. Sus obras tienen todas una cubanía sencilla, directa y elegante, sin rebuscamientos ni recargos inútiles, como debe esperarse de una música que casi siempre ha obedecido a un afán de servicio en plan de función social o pedagógica. Su primoroso jardín de Ismaelillo, por ejemplo, fué llevado al papel como estímulo a compositores y profesores para que relacionaran a los niños cubanos estudiantes del piano con nuestros ritmos yo nuestras mejores tradiciones musicales. Escritas esas obras entre 1931 y 1939, confieren a su autor el honroso título de precursor y propulsor de lo que pudiéramos llamar la orientación nacionalista en la actual pedagogía musical en nuestro país.
    Una vez dijimos, y hoy queremos repetirlo, que Sentenat es un símbolo de la pedagogía musical y un ejemplo viviente de austeridad intelectual, de superación artística y de trabajo honrado, porque él no es, como tantos otros, un profesor más, sino un maestro del grupo de los pocos en quien no se sabe qué virtud le personaliza mejor, si la gran sabiduría ola paciencia benedictina; si la limpieza de la conciencia o el lujo de un corazón generoso.

O. M.
FIN


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